
Haz planes para el 2026. Crea un programa de actividad física combinado con una dieta con el objetivo de desinflamar tu cuerpo, perder peso y conseguir una vida más saludable. Decides que finalmente completarás ese curso online que ya empezaste, aunque apenas recuerdas lo que aprendiste en las primeras clases. Además, fija objetivos de mejora profesional que prometen garantizar un puesto más interesante en la empresa donde trabajas.
En la rutina familiar, promueve algunos cambios en las tareas domésticas para tener más tiempo con tu cónyuge y orientar mejor la educación de tus hijos. Planes definidos, objetivos organizados y todo un año por delante, como una página de cuaderno en blanco, lista para ser llenada. El corazón se llena de alegría con la expectativa de que, a partir de ahora, la historia será apasionante.
En todo esto, sin embargo, es la gracia de Dios la que nos dirige y nos permite avanzar con orden, disciplina y esperanza.
Si el Señor no construye la casa,
Quienes lo construyen trabajan en vano;
si el Señor no protege la ciudad,
en vano vigila al centinela.
Será inútil que te levantes temprano por la mañana, que descanses hasta tarde,
come el pan que con tanto esfuerzo ganaste;
a sus seres queridos se lo regala mientras duermen.
Los niños son herencia del Señor;
el fruto del vientre, su recompensa.
Como flechas en la mano del guerrero,
así son los hijos de la juventud.
Feliz el hombre que llena de ellos su aljaba;
no se avergonzará,
al suplicar a los enemigos en la puerta.
(Salmo 127)
Dios, en su soberanía, proporciona todo lo que sus hijos realmente necesitan. Hacemos planes, nos organizamos y trabajamos, pero no podemos –ni debemos– dejar a Dios fuera de nuestra existencia.
El Salmo 127 nos enseña que Dios es el arquitecto de la casa. El salmista Salomón se refiere tanto al edificio como a lo que sucede dentro de él. Dios se preocupa por la vivienda de su pueblo, por el hogar en sus dimensiones visibles e invisibles. Por tanto, debemos depender de la sabiduría de este sabio y soberano Arquitecto a la hora de planificar la casa, porque, sin el Señor, toda obra se vuelve inútil.
El salmista continúa hablando de sus hijos. La crianza de los hijos comienza en el hogar, ese hogar que construimos según las instrucciones del divino Arquitecto. El hogar es el lugar donde vivimos en esta tierra, donde se desarrolla la vida en común: donde se forman familias, aprenden a amarse y cuidarse unos a otros. Así, de generación en generación, los niños crecen, abandonan el hogar y forman nuevas familias en nuevos hogares, y el ciclo se repite.
Dios bondadosamente nos enseña que el nacimiento de un bebé siempre renueva la vida familiar. Una nueva vida trae consigo nuevos afectos, nuevos cuidados y una gran responsabilidad. Es en este contexto donde el nacimiento de Jesús adquiere aún más significado. Cuando el Dios-hombre nace en un hogar, la pedagogía del Padre nos revela su amor: ofrece a su Hijo para habitar entre nosotros, en una familia humana, frágil y pecadora. ¡Qué gracia inmerecida!
La llegada de Emanuel, Dios con nosotros, es esperanza y consuelo para nuestros corazones corruptos. Esperanza de que aprendamos a amar como el Padre nos ama; consuelo, porque Él vino a sanar nuestros corazones heridos y rescatarnos de nuestro miserable pecado.
Es imposible velar por la casa —y aún más imposible amar como el Padre nos ama— sin el Salvador entre nosotros. En vano observamos, planificamos y vivimos si Jesús no es el centro. Él es el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin.
¡Aleluya! Dios, Emmanuel, está entre nosotros.
Renata Gandolfo