
Hace unos años, estábamos en una celebración de graduación con nuestros hijos en una escuela cristiana. Un pastor fue invitado a abrir el evento y, al hablar de los primeros capítulos del Génesis, destacó que el ser humano fue creado a imagen de Dios y recibió atributos como la inteligencia y la creatividad. Pero en un momento dijo:
«El hombre nace bueno, por eso debemos valorar a los niños. Ellos son la pureza de la creación, no tienen pecado. A medida que crecen, se vuelven malos por el bien del mundo».
Tan pronto como terminó la frase, mi hija, que entonces tenía 11 años, se inclinó hacia mí y dijo:
«Mamá, esto está mal. Nacimos pecadores».
No sabía el nombre de la doctrina equivocada (pelagianismo), ni podía explicar las implicaciones teológicas del pecado original, pero sabía reconocer una desviación de la verdad bíblica. ¿Qué formó esta conciencia? Exposición a la Palabra de Dios. Enseñar doctrina a nuestros hijos (y a nosotros mismos) no es sólo formar el intelecto, sino proteger la fe, discernir el error y, sobre todo, conocer al Dios verdadero.
En ese momento, escuchando la sencilla firmeza de una niña de 11 años, me di cuenta de que, ante mis ojos, emergía una pequeña “Priscila”, alguien que, como la discípula del Nuevo Testamento, aprendería a identificar y enseñar con precisión el camino del Señor.
Priscilla: una mujer que conoció y enseñó la verdad
En Hechos 18:24-26 encontramos una de las figuras femeninas más discretas pero más teológicas del Nuevo Testamento. Priscila, junto a su marido Aquila, escucha a Apolos —un hombre elocuente, ferviente, conocedor de las Escrituras— y se da cuenta de que su doctrina estaba incompleta. Con amor y verdad, el matrimonio lo lleva aparte y le explica “con mayor precisión” el camino de Dios.
Priscila no estaba allí sólo como apoyo emocional o como sirvienta detrás de escena. Conocía la doctrina en profundidad y supo corregirla con gracia y precisión. Su presencia no fue performativa, sino esencial. Su voz no era autoritaria, sino razonada. ¿Cuántas mujeres hoy se han formado con este estándar? ¿Cuántas iglesias han alentado a las mujeres a comprender y enseñar la sana doctrina, como Priscila? La pregunta que resuena es: ¿dónde están las Priscilas de nuestra generación?
El Espíritu y la verdad caminan juntos
Cuando decimos la palabra “doctrina”, algunas personas hacen caso omiso. Una vez, invitaron a mi esposo a predicar en una iglesia y el pastor anfitrión dijo con toda sinceridad:
“No te apegues a doctrinas, solo sigue lo que el Espíritu trae a tu corazón. Recuerda que ‘la letra mata, pero el Espíritu vivifica’”.
Este tipo de postura, aunque sea bien intencionada, revela una profunda incomprensión del papel de la doctrina en la vida cristiana. El versículo citado fuera de contexto (2 Corintios 3:6) no rechaza la enseñanza bíblica, sino que contrasta el antiguo pacto de la ley con el nuevo pacto del Espíritu, que da vida.
La Biblia nunca se opone al conocimiento de la verdad y a la dependencia del Espíritu. Como afirma un teólogo contemporáneo, el Espíritu es quien nos conduce a la verdad³. El mismo Dios que nos dio las emociones nos dice que necesitamos renovar nuestra mente a través de la verdad (Romanos 12:2). Conocer doctrinas no suprime la fe, sino que la sostiene. Es a través del conocimiento de Dios—revelado en Su Palabra—que nuestros corazones se calientan, nuestra adoración se profundiza y nuestras vidas se transforman.
Aquí es donde entra la teología sistemática: la rama de la teología que organiza de manera clara y lógica lo que la Biblia enseña sobre temas centrales como Dios, los seres humanos, el pecado, la salvación, la iglesia y el fin de los tiempos⁷. Tener una comprensión coherente de estas doctrinas no es un lujo académico sino una necesidad práctica. Sin este fundamento, corremos el riesgo de edificar nuestra fe sobre impresiones personales, versículos aislados o experiencias desconectadas de la revelación completa de las Escrituras.
Piensa en construir una casa. El fundamento es nuestra teología. Los ladrillos son las doctrinas: cada uno es indispensable para construir la estructura. Y el cemento que une todo esto es la devoción, el amor a Dios que da cohesión y firmeza a la vida cristiana. Pero si falta ladrillo, la casa quedará llena de agujeros. Si el cemento es frágil o adulterado, las grietas e infiltraciones comprometen toda la estructura. Esto también ocurre con la fe: sin una doctrina sólida, la devoción se desmorona; sin verdadera devoción, la doctrina se vuelve fría y estéril.
Esta imagen nos ayuda a darnos cuenta de que la coherencia de la vida cristiana no depende de un único elemento aislado, sino del conjunto que se apoya mutuamente. La doctrina de la salvación, por ejemplo, no puede entenderse sin la doctrina del pecado. La misión de la iglesia no tiene sentido sin la doctrina de Cristo. La esperanza cristiana no tiene fundamento sin la doctrina de la resurrección. Cuando todo está en su lugar, podemos servir con más firmeza, vivir más sabiamente y enseñar con mayor claridad.
Como escribió Pedro:
«Más bien, santificad a Cristo como Señor en vuestros corazones. Estad siempre preparados para responder con mansedumbre y respeto a todo aquel que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros». (1Pe 3.15, NAA).
Esta preparación, tan necesaria hoy, comienza con una doctrina bien establecida: no para ganar discusiones, sino para dar razón de nuestra esperanza con fidelidad, humildad y amor.
Mujeres llamadas a ser maestras del bien
La instrucción de Pablo a Tito es clara: las mujeres mayores deben ser “maestras del bien” (Tito 2:3). Esta llamada no es periférica, sino central. Ser maestro del bien implica enseñanza, sabiduría y dominio de la verdad revelada. Pero ¿cómo puede una mujer ser maestra del bien si no conoce los fundamentos de la fe cristiana? ¿Cómo puedes discipular a otros si tu fe está anclada sólo en frases inspiradoras?
Además de Priscila, las Escrituras nos presentan a otras mujeres que vivieron y cantaron teología. María, en el Magnificat (Lucas 1:46-55), revela una mente saturada de promesas del Antiguo Testamento. Su canción no fue una improvisación emocional, sino una respuesta impregnada de la alianza y la fidelidad de Dios. Lidia, en Filipos (Hechos 16:14), tuvo su corazón abierto por el Señor e inmediatamente puso su casa al servicio de la iglesia. Eunice y Loida, madre y abuela de Timoteo (2 Tim 1,5; 3,14-15), transmitieron una fe genuina, sólida y profundamente arraigada en las Escrituras.
Estas mujeres no tenían títulos eclesiásticos, pero tenían una teología viva. Su contribución nos recuerda que la teología no es sólo para hombres: es para el pueblo de Dios. Una mujer que conoce la verdad puede identificar el error, incluso si no sabe cómo nombrarlo académicamente, como lo hizo mi hija en esa graduación.
Muestran que la teología no es una abstracción: es pan para el alma y combustible para la adoración, la maternidad, la vida de soltería, el trabajo y el discipulado. Saber quién es Dios moldea todo: la forma en que oramos, cómo respondemos al sufrimiento, cómo criamos a los hijos, cómo nos relacionamos en el matrimonio y cómo funcionamos en el entorno profesional.
¿Dónde están las Priscilas?
Quizás te sientas alejado de esta realidad. Tal vez pienses que no tienes suficiente tiempo, habilidades o capacitación para estudiar teología. Pero Dios no exige diplomas: exige fidelidad. Y la fidelidad comienza con el deseo de conocerlo más profundamente a través de Su Palabra.
El llamado a conocer a Dios no está limitado por género, edad u ocupación. Es una invitación universal y urgente. En tiempos de confusión doctrinal y espiritualidad performativa, necesitamos más que nunca mujeres que piensen bíblicamente, vivan teológicamente y enseñen fielmente.
Priscila no buscó un escenario, sino que fue parte activa del avance del evangelio. Su ejemplo nos recuerda que la enseñanza de la verdad no es masculina por naturaleza: es cristiana por vocación.
Que la próxima generación vea mujeres como Priscila: firmes en la gracia, atentas a la verdad, fieles en la enseñanza. Mujeres que no sólo citan versos, sino que entienden el contexto. Mujeres que viven con valentía, enseñan con bondad y corrigen con humildad. Mujeres cuya fe no está moldeada por el algoritmo, sino por el Cristo revelado en las Escrituras. Mujeres que hacen de la cocina, la escuela, el trabajo y el discipulado un púlpito invisible, pero lleno de reverencia y verdad.
¿Dónde están las Priscilas? Están siendo levantados. Y seamos parte de esa respuesta, con una Biblia abierta, una mente renovada y un corazón ardiente.
Referencias consultadas
- GUTHRIE, Nancy. Incluso mejor que el Edén. São José dos Campos: Fiel, 2020.
- WILKIN, Jen. Mujeres de la Palabra: Cómo estudiar la Biblia con la mente y el corazón. São José dos Campos: Fiel, 2017.
- WILKIN, Jen. Incompáravel. São José dos Campos: Fiel, 2017.
- BERKHOF, Luis. Teología sistemática. São Paulo: Cultura Cristiana, 2001.
- GRUDEM, Wayne. Teología sistemática. São Paulo: Vida Nova, 2020.
- CALVINO, Juan. Los institutos de la religión cristiana. São Paulo: Cultura Cristiana, 2006.
- BAVINCK, Herman. Dogmática reformada. São Paulo: Vida Nova, 2020.
Fabiana Linhares